N.º 06Webs
¿Has pulsado alguna vez el botón de llamada de tu propia web?
Con la IA hay gente fascinada y gente aterrorizada, y no encuentro término medio. Al mirar el sector inmobiliario entendí por qué las dos posturas tienen razón.
16 de agosto de 2026
Llevo meses hablando de inteligencia artificial con bastante gente. En comunidades, en conversaciones sueltas, con conocidos que tienen su negocio.
Y hay algo que me llama la atención: no encuentro término medio.
O la persona está fascinada, probando cosas y viendo posibilidades en todas partes. O está aterrorizada, con la sensación de que esto va a arrasar con todo y de que lo suyo tiene los días contados.
Nada en medio. Ni un «bueno, tiene su parte buena y su parte mala». Es un bando o el otro.
Durante un tiempo pensé que era cuestión de carácter, de ser más o menos abierto a lo nuevo. Estaba equivocada, y me di cuenta mirando webs de inmobiliarias.
Los dos grupos no son la misma clase de persona
Los fascinados suelen ser técnicos, o empresarios de los grandes. Los primeros saben cómo se construye una cosa de estas. Los segundos no tienen por qué saberlo, pero tienen a alguien que sí, y presupuesto para probar hasta que algo salga bien.
Distintos entre sí, con una cosa en común: han visto de cerca algo que funcionaba.
Y hay una trampa en eso, que es la que hace que los dos bandos no se entiendan: cuando sabes cómo se monta una cosa, dejas de poder imaginarte no sabiéndolo. Te parece obvio que aquello funciona, porque tú has visto por dentro qué lo hace funcionar.
Así que quien vende inteligencia artificial a un negocio pequeño suele ser justo la persona con menos capacidad de entender por qué el otro desconfía.
Los aterrorizados suelen ser al revés: tienen un negocio y no tienen ni idea de cómo se monta lo que les venden. Han contratado alguna cosa alguna vez. Han probado a modernizar algo. Y lo que tienen hoy, después de haber pagado, no les ha traído nada que puedan señalar con el dedo.
No es miedo a la tecnología. Es la experiencia de haber puesto dinero encima de la mesa y no notar la diferencia.
Hasta hace poco eso me parecía una intuición mía sin nada detrás. Hasta que me puse a mirar.
Lo que encontré cuando fui a comprobarlo
Salió hablando el sector inmobiliario, así que abrí once webs de inmobiliarias de Murcia buscando una cosa concreta: qué pasa cuando alguien que quiere vender su casa intenta que le llamen.
Cuatro de las once lo prometen por escrito. Hay que convencerlas de poco: lo han puesto ellas en su página de inicio.
Una lo hace con un botón con icono de auricular. Lo pulsé y no pasó nada. Miré el código fuente y ahí no hay ningún enlace de teléfono.
Es un dibujo de un botón.
Las otras tres cambian la llamada por un formulario de nombre, correo y teléfono. Una de ellas, que se presenta con eso del arte de saber vender una casa, no pregunta ni un dato del inmueble: ni la dirección, ni los metros, ni si es un piso o un chalé.
Y ahí entendí a los del segundo grupo.
Si esto es lo que has visto, el recelo es razonable
Ponte en la cabeza de quien tiene esa inmobiliaria.
Le vendieron una web. Está puesta. Tiene su botón bonito, su formulario, su sección de «vende con nosotros». Cumple todo lo que le prometieron el día que la contrató.
Y no funciona.
Cuando a esa persona le dices que ahora hay una cosa nueva, con inteligencia artificial, que va a atender el teléfono o a cualificar a sus clientes, no está oyendo lo mismo que oye un técnico. Está oyendo la misma frase que ya oyó una vez.
No es que tenga miedo a que una máquina haga el trabajo. Es que ha pagado por cosas que no hacían ningún trabajo.
Así que unos han visto esto funcionar y otros solo lo han visto prometer. Con lo que hay hoy en muchas webs, los dos tienen razón desde donde están.
Lo que cuesta ese botón no es lo que cuesta ese botón
Al escribir esto estuve a punto de decir una tontería. Iba a escribir que esa inmobiliaria paga por algo que no funciona.
No lo sé. Puede que ese botón venga incluido en la cuota del programa de gestión, puede que sea gratis, puede que sea el resto de una versión anterior de la web. Y si no cuesta nada, la tentación es pensar que tampoco pasa nada.
Pasa, y bastante.
Lo que cuesta ese botón no es su cuota. Es el propietario que lo pulsó.
Quien hace clic en «te llamamos» ya ha decidido dar el paso. Cuando no ocurre nada, no se va al pie de página a buscar el teléfono ni prueba el formulario de contacto. Se va. Y en una ciudad con quince inmobiliarias a diez minutos, se va a otra.
Eso convierte el botón en algo peor que un adorno. Un adorno se queda quieto; este recoge la intención de alguien y la mata. Si no existiera, esa persona habría seguido buscando cómo contactar.
Y una casa vendida en Murcia es una comisión, no una suscripción de treinta euros al mes. Da igual quién pague el botón y cuánto: el número grande está siempre al otro lado.
Por eso lo de medir no es una manía de contable
¿Cuánto tiempo lleva ese botón sin funcionar? No lo sé, y sospecho que ahí dentro tampoco.
Para darte cuenta de que un botón de llamada se ha roto, tienes que estar contando cuántas veces lo pulsan. Si nunca has contado cuántas peticiones de llamada te entran al mes, no hay ningún número que baje. No hay alarma. El teléfono suena igual que siempre, porque suena por otros motivos.
Lo que queda invisible aquí es la pérdida. Ninguna factura avisa de los propietarios que se fueron, porque los que se van no dejan rastro: no rellenaron nada, no escribieron, no llamaron. No existen en ningún sitio.
Así que lo que yo esperaría de cualquier cosa que se venda para captar clientes —y esto ya es opinión mía— es la cuenta de lo que ha pasado. Cuántos entraron, por dónde, cuántos dejaron sus datos, cuántos acabaron en una llamada de verdad. Un número que se pueda mirar el primer lunes de mes.
Con eso, un botón roto se ve en semanas. Sin eso, puede llevar así desde el invierno.
Y ahí está la diferencia entre los dos grupos del principio: uno ha visto números y el otro solo ha visto promesas.
Esto no va de sustituir a nadie
Lo digo porque es la objeción que más me encuentro, y me parece justa.
Una inmobiliaria de cuatro personas no quiere echar a nadie. Quiere que no se le escape lo que ya venía entrando por la puerta. El propietario que escribió a las once de la noche de un domingo y el lunes ya había llamado a otra: ese se perdió porque no había nada montado para recogerlo.
Acompañar a quien ya trabaja ahí. Pero para poder decir eso hace falta que aquello funcione y que enseñe sus números. Si no, es fachada, y el que recela tiene razón.
Quién hizo esas webs, por cierto
De las once, en seis pude averiguar quién las hizo: está en el pie de página o en el código.
Cuatro las hizo la misma empresa que les vende el programa de gestión de inmuebles. La web viene de propina con el software, y con ella su plantilla y su formulario. Dos son plantillas compradas y montadas sin agencia, y una de esas usa una plantilla pensada para tiendas de ropa.
Solo una de las once tiene detrás a alguien contratado para pensar la web. Se nota a los diez segundos de entrar.
Por eso el formulario no lo eligió nadie: venía en el paquete, pensado para enseñar casas a quien quiere comprarlas.
Y no es culpa tuya que te la vendieran así. Cuando contratas un programa de gestión inmobiliaria y te dicen que la web va incluida, lo lógico es dar por hecho que la web hace lo que hace tu negocio. Nadie te avisa de que ese formulario está pensado para el que compra.
Lo que sí es tu decisión es lo que haces a partir de ahora que lo sabes.
Y hay una pregunta que sale barata y responde casi todo: ¿cuántas peticiones de llamada entraron el mes pasado? Si nadie en tu oficina sabe el número, ese es el problema, y no el botón.
Saludos y hasta la vista!
Once webs de inmobiliarias con oficina en Murcia, abiertas a mano el 4 de agosto de 2026, en escritorio y en móvil, sin herramientas de escaneo. Cuento como promesa de llamada que la web diga por escrito que te llaman; un teléfono en la cabecera no cuenta. Miré el código solo para comprobar si detrás de un botón de llamada había un enlace de teléfono. No sé si esas cuatro llaman igualmente cuando les entra un formulario, ni cuánta gente pulsó ese botón: cuando hablo de propietarios perdidos estoy razonando, no contando. Lo de los dos grupos es una observación mía, no un estudio. No cito nombres a propósito.
Ainoa Pascual
Entiende la IA. Úsala. Hazla tuya.